Emilio de Benito: “el laboratorio que tiene miedo a comunicar, acaba comunicando peor”

Emilio de Benito

Emilio de Benito estudió bioquímica, pero no fue hasta bien entrada la treintena cuando afloró su vocación periodística. Cursó el máster de El País y desde entonces su carrera fue meteórica. Empezó como colaborador en la sección de Sociedad, para posteriormente ingresar como redactor y de ahí encadenó 17 años como responsable de Sanidad. Sin embargo, tras una reciente reorganización interna del diario desapareció esta sección. Ahora la información sanitaria se incluye en otras secciones, pero eso no ha impedido que Emilio sea reconocido por ANIS como mejor periodista sanitario.

Recientemente has ganado el III Premio ANIS a la mejor labor de comunicación en salud. ¿Qué ha supuesto para ti el galardón?

La verdad es que no esperaba ganarlo, porque era mi segundo año como candidato. Es un premio bonito porque no hay que presentarse, te eligen los periodistas sanitarios. Me han dado otros de asociaciones, ONGs, del Ministerio de Sanidad… pero en esos premios siempre hay un cierto interés, de alguna manera. En el caso de ANIS no hay ninguno.

Como responsable de Sanidad del diario más importante de España, ¿te has sentido influyente alguna vez? ¿Alguna noticia tuya ha servido para hacer rectificar o reaccionar de algún modo al Gobierno o las instituciones?

Sí, por supuesto. Aunque no esté directamente relacionada con la salud, estoy convencido de que la Ley de Violencia de Género que sacó el PSOE fue en gran medida por El País. La situación era horrorosa e hicimos el esfuerzo de sacar a la luz estas historias cada vez que había una agresión.

También hay historias personales, como la de un señor ecuatoriano que quería volver a su país y, habiendo ya dejado su casa, le dio un problema respiratorio. Tenía que coger un vuelo al día siguiente, pero la compañía aérea le dijo que no podía volar con oxígeno. Se había gastado todo el dinero en los billetes, por lo que su mujer, que estaba durmiendo en el hospital con las maletas, compartía con él la comida del hospital para no gastar. Al conocer la noticia fuimos al hospital, publicamos la noticia y al día siguiente les llamó la compañía para dejarlos embarcar. Es en estos casos cuando realmente te sientes realizado como periodista.

Recientemente afirmabas que los verdaderos peligros del periodismo sanitario son cometer errores, crear falsas expectativas y no saber manejar las alertas sanitarias. ¿Podrías desarrollarlo?

Las falsas expectativas son el gran peligro del periodismo sanitario, ya que nos dirigimos a una población muy vulnerable. Si escribo sobre una determinada enfermedad, todas las personas que la sufran van a leerlo. Es importante dejar claro en qué nivel se encuentra la investigación, qué efectos pueden esperar, si hay un plazo previsto para que eso les afecte… Y al revés están las alertas. No puedes matar a la gente todos los días, como ocurrió con la carne roja, que fue un error de comunicación. Y la tercera es cometer errores, porque tratamos con gente muy especializada, y en cuanto te equivocas puedes perder tu prestigio y te van a bombardear.

¿Cómo es la relación de los departamentos de comunicación de la industria farmacéutica y los periodistas sanitarios?

Con los medios generalistas, como no hay dependencia publicitaria, tiende a ser muy profesional y respetuosa. Al no vivir de su publicidad (¡ya quisiéramos!) no nos sentimos presionados como otros medios del sector. O al revés. La industria sabe que no les vamos a pedir que nos financien una página. Ellos hacen su trabajo, que es intentar “colarnos” su producto, pero sabiendo en cada momento dónde estamos.

¿Son útiles los seminarios para periodistas que organiza la industria farmacéutica?

Sí, aprendo muchísimo. Cada vez más. Yo, por ejemplo, no podría viajar a un congreso médico si no fuera porque me invita un laboratorio. Lo único que hay que hacer es dejar claro al lector cómo y de dónde ha salido esa información.

Relacionado con esto están los nuevos compromisos con la transparencia que están últimamente poniendo en marcha las compañías farmacéuticas.

Sí, indudablemente. Hay intención de reforzar todos los códigos. Yo siempre le digo a la industria que a los periodistas nos apliquen el código más duro que tengan (ahora nos aplican el mismo que a los médicos). Farmaindustria está intentando que a final de año cada laboratorio publique sus transferencias de valor, y nosotros deberíamos hacer lo mismo.

¿Qué puede hacer la industria para mejorar su imagen de cara a la sociedad?

Principalmente mejorar la transparencia. Debe haber transparencia con todo: a quién han pagado, a quién contratan, qué relación tiene con el médico que presenta su medicamento, si le han pagado por ir a la rueda de prensa…

Pero muchas veces el problema no es tanto esto como de agilidad de respuesta. Cuando hay una crisis muchas veces el problema es de comunicación. ¿Y cuál es el problema de la industria? Que al ser multinacionales y estar tan reguladas, el responsable de comunicación de un laboratorio casi nunca puede responder en el acto. Tiene que preguntar a su jefe, que a su vez tiene que preguntar a la oficina central de Suiza o Washington o donde sea. Después esperar a que estos contesten, a que les llegue la respuesta… Y para cuando quieren contestar han pasado cuatro días, y en periodismo si te pregunto hoy quiero la respuesta en una hora.

Cuando hablo con la industria siempre les digo que deben confiar más en sus periodistas, que son los que saben qué comunicar y cómo. Si se meten por medio el departamento comercial, el departamento legal y el director médico acaban haciendo una comunicación desastrosa.

Durante muchos años sólo se ha comunicado de una forma técnica y básicamente con médicos y farmacéuticos como únicos interlocutores. ¿Cómo pueden los laboratorios comunicar mejor con la normativa y el marco regulatorio tan restrictivos?

Claro, ¡cómo no van a tratar con médicos si la mayor parte de su formación la patrocinan los laboratorios! No hay ningún congreso médico que no esté financiado, al menos en parte, por las farmacéuticas, porque son los que tienen dinero. Hay que dejar claro que cooperar con un laboratorio no es malo por definición.

Las farmacéuticas tienen un follón con qué pueden comunicar y qué no, pero no tanto por las restricciones legales: ¡le tienen mucho más miedo al código de Farmaindustria que al Código Civil! Muchos laboratorios ni se atreven a comunicarse con los medios generalistas. Podrían decirnos: “mira, tenemos un medicamento que actúa en la vía de señalización de tal gen y sirve para esto”. Hay otros que sí lo hacen y nunca les ha pasado nada. Los laboratorios tendrían que juntarse para poner en común qué pueden decir y qué no, porque el laboratorio que tiene miedo a comunicar acaba comunicando peor.

Según una encuesta que realizamos en 2014 para ACOIF, sólo el 53% de los responsables de comunicación de la industria farmacéutica eran licenciados en Periodismo. De hecho, es muy común la endogamia, en la que se recicla a personas de otros departamentos. ¿Qué lectura saca de esto?

Son empresas que tienen muy confundido lo que es la comunicación, y es peor para ellas porque están en desventaja. Cuando estás al otro lado como es mi caso se nota si el que comunica es un periodista o es otra persona. Porque los periodistas son profesionales: tú me vendes la historia y yo te la compro o no, y no pasa nada. Los comerciales te intentan convencer de que su producto es el mejor. Hay que contratar periodistas en todas partes y dejarles autonomía. Y ese gasto es una inversión, porque da rendimiento a la empresa.

Muchas veces la frontera entre información y promoción de los laboratorios es difusa. ¿Cuáles son los criterios para fijar la frontera y mantenerse independiente y objetivo?

La información se da cuando hay una noticia: si aparece un nuevo mecanismo de actuación o una forma nueva de dispensación. Por ejemplo, hace poco publiqué la llegada del ibuprofeno por vía intravenosa a los hospitales, que no es un fármaco revolucionario pero permite reducir el uso de opioides. El periodista te cuenta lo mismo, pero lo enfoca como una noticia y el otro lo enfoca como “el laboratorio tal saca tal fármaco”. Me da igual, a mí lo que me interesa es que el medicamento llegue al paciente. Cuando la información la da el responsable de Marketing, el titular es un eslogan, pero cuando lo hace un periodista es una noticia.

Actualmente hay un debate abierto sobre los criterios de financiación de la innovación y su incorporación al SNS, así como la necesidad de mejores condiciones de equidad. ¿Qué componente es más importante en el debate: económico, político o ético?

Hay un tema de transparencia: nunca sabemos qué se ha negociado. Cuando el Ministerio de Sanidad y la Agencia del Medicamento deciden aprobar un fármaco a tal precio, normalmente nunca dicen el precio. En Inglaterra tienen un sistema de calidad que hace balances de coste-eficacia para decidir la financiación. Aquí no lo tenemos, no se sabe quién negocia y cómo.

El problema de la equidad es que las transferencias sanitarias se impusieron a muchas comunidades, y sobre todo las pequeñas –como La Rioja o Murcia- no querían asumir la sanidad, porque es un marrón que se lleva el 40-50% de su presupuesto y sólo da problemas. Cuando aceptamos un sistema autonómico aceptamos la desigualdad, porque es inherente a ese sistema. Lo único que se puede hacer es poner unos mínimos comunes, pero a partir de ahí va a haber desigualdad. Lo que hay que pedir no es que a todos nos den lo mismo, sino estudiar cuál es el tiempo lógico de terapia de una patología en concreto. Si una comunidad se puede permitir más, perfecto. El Consejo Interterritorial debería tener algunos campos de obligado cumplimiento para establecer unos mínimos.

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